Centenario de la revolución de Febrero, en Marzo.

Entre las diversas complejidades de la revolución rusa, una consiste en llamar revolución de febrero a lo que en realidad empezó el 8 de marzo. Bajo el zarismo, Rusia mantenía el calendario juliano, que difería en 13 días del calendario occidental, así que aún era 23 de febrero cuando en la mayoría de los países europeos era 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer.

El primer Día de la Mujer en Rusia fue conmemorado el 3 de marzo de 1913. En 1914, cuando se instituyó el 8 de marzo, las organizadoras cayeron presas y no hubo convocatoria. Los años siguientes, en plena guerra, la conmemoración no tuvo una especial importancia.Para ese 8 de marzo no estaban previstas grandes acciones, más allá del reparto de octavillas y alguna asamblea.Nadie había previsto que ese día las mujeres obreras iniciaran la revolución.

Desde el inicio de la guerra el precio del carbón se había quintuplicado y los alimentos multiplicado por siete. El pan se había convertido en la comida principal y casi única. El año de 1917 comenzó con un intenso frío y una gran inflación en Rusia. Se sucedían las huelgas y las manifestaciones por la escasez de alimentos en las principales ciudades, debidas a la mediocre distribución. Su carácter era, además, cada vez más amenazador para el régimen: crecía el número de protestas políticas y no únicamente económicas.La policía política, la Ojrana, tiene los ojos bien abiertos y advierte: “Los niños se mueren de hambre en el sentido más literal de la palabra”. Otro informante escribe: “Si hay una revolución, será una revuelta del hambre”. “Un abismo se abre entre las masas y el gobierno”, advertía otro agente.

 

En febrero de 1917, el 47 por ciento de la clase obrera de Petrogrado eran mujeres. Muchos hombres estaban en el frente. Las obreras eran mayoría en la industria textil, del cuero y del caucho, y numerosas en oficios que antes habían tenido vedados: los tranvías, las imprentas o la industria metalúrgica, donde había unas 20.000. Las obreras eran también madres: debían garantizar el pan de sus hijos. Y, antes de ir a la fábrica, hacían interminables colas (unas 40 horas semanales) para conseguir algo de comida, acampando durante la noche, en pleno invierno ruso. Los informes policiales recogen que allí aprendieron “a insultar a Dios y al zar, pero más al zar”; y alertan de que: “son material inflamable que sólo necesita una chispa para estallar”.

El hecho es que las mujeres de algunas empresas textiles del barrio de Viborg decidieron declararse en huelga. A las diez de la mañana se habían reunido unas veinte mil. Al llamamiento de las mujeres, los obreros de algunas fábricas se unieron a la manifestación. Un trabajador de la fábrica mecánica Nobel recuerda: “Podíamos oír las voces de las mujeres en las calles desde las ventanas de nuestro departamento: ‘¡Abajo la carestía! ¡Abajo el hambre! ¡Pan para los trabajadores!’. Varios camaradas corrimos a las ventanas… Las puertas del molino número 1 Bolshaia Sampsonievskaia habían sido abiertas. Masas de mujeres trabajadoras llenaban las calles. Aquellas que nos habían visto comenzaron a mover sus brazos y gritaban ‘¡Vengan! ¡Dejen de trabajar!’. Arrojaban bolas de nieve a las ventanas. Decidimos unirnos a la manifestación”. Se calcula que alrededor de 90.000 obreras y obreros participaron en la huelga. 

Al día siguiente, 24 de febrero, el movimiento se amplía aún mucho más. Casi la mitad de las obreras y obreros están en huelga. A la exigencia de “Pan” se le unen las consignas de “Abajo el zar” y “Abajo la guerra”. Grandes manifestaciones se dirigen hacia el centro de la ciudad. La policía ha levantado los puentes que separan los barrios obreros del centro, pero el río Nevá todavía está helado y miles de huelguistas se atreven a cruzarlo. Se suceden los enfrentamientos con la policía y aparecen también los temidos cosacos. Los soldados, con la sonrisa en los labios, trotaban prudentemente entre la muchedumbre, sin usar sus armas, sin escuchar las ordenes de los oficiales, que tampoco insistían. En algunos lugares los soldados confraternizaban con los obreros, llegando hasta entregarles sus fusiles, apearse y mezclarse con el pueblo. Esta actitud de las tropas envalentonaba a las masas. No obstante, en ciertos puntos la policía y los cosacos cargaron contra grupos de manifestantes con banderas rojas. Hubo muertos y heridos.

El movimiento ya es imparable. La huelga es ya una huelga general, sobre todo después de que el día 25 la fábrica Putilov, en la que trabajan 30.000 personas, decide unirse. También se suman los estudiantes. Al final del día algunos barrios están en manos de los rebeldes. Las comisarías han sido asaltadas o abandonadas.

Resultado de imagen de fábrica Putilov

 

La noche del sábado, sin embargo, la situación cambió con la orden del zar de acabar con las protestas por la fuerza, que obligó a las tropas de la guarnición a tomar partido y la decisión del Gobierno de disolver la Duma hasta abril. El domingo el número de víctimas creció notablemente y el ánimo de la guarnición, obligada a aplastar los desórdenes con las armas, se volvió revoltoso; rápidamente el Gobierno perdió el control de la mayoría de las unidades militares de la ciudad y quedó impotente para acabar con la revuelta. Por su parte, la Duma, reacia hasta entonces a enfrentarse abiertamente con el Gobierno —prefiriendo un acuerdo de reformas con el soberano—, decidió apoyar las protestas para tratar de controlarlas.

El zar reaccionó negándose a otorgar reformas políticas y ordenando la marcha de tropas contra la capital, pero la renuencia de los altos mandos militares a enfrascarse en grandes operaciones militares en la retaguardia, su convencimiento de la necesidad de realizar concesiones y llegar a un acuerdo con la Duma, el control de las comunicaciones por los rebeldes y la falta de confianza en las tropas frustraron este intento de sofocar la revolución en la capital.

El momento decisivo ha llegado. Se organizan mítines a las puertas de los cuarteles. En algunos los oficiales logran disolver a la masa obrera, en otros no se atreven. Al caer la noche, se rebela el regimiento Pavlovsky. En las primeras horas de la mañana del 27, los oficiales del regimiento Volynski intentan movilizar sus tropas contra los trabajadores. Los soldados se niegan a marchar. Frente a las amenazas de los oficiales, un sargento dispara contra un comandante; en el tiroteo mueren varios oficiales. Con esos disparos, los soldados del Volynski se unen a la revolución: sólo su victoria podrá salvarlos de la horca. Copiando la táctica de las obreras y obreros, se dirigen al resto de cuarteles para animarles a unirse a la lucha de todo el pueblo. Las condiciones estaban maduras, sólo encontraron oposición en algunos oficiales. La insurrección ha triunfado. Las obreras y obreros, toda la clase trabajadora, los soldados, en su mayoría campesinos con uniforme, han vencido. Es el fin de una monarquía, de supuesto origen divino, de más de 300 años de existencia que apenas logra encontrar fuerza social o armada que la defienda.

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El martes las últimas tropas leales al Gobierno se acuartelaban al no llegar los refuerzos esperados del frente, el Gobierno se había dispersado para tratar de evitar su captura la noche anterior y algunas importantes ciudades se habían unido al alzamiento. El jueves el zar, privado del apoyo de sus generales, abdicaba en su hermano el gran duque Miguel que, sin embargo, no aceptó el trono, lo que facilitó la formación de un nuevo Gobierno provisional acordado por los recién formados Comité Provisional de la Duma y Comité ejecutivo del Sóviet de Petrogrado. Las principales consecuencias de la revolución fueron el hundimiento del régimen autocrático zarista y la formación de un poder de gobierno dual, compartido de manera inestable entre el Gobierno provisional y el Sóviet de Petrogrado.

Bastó el levantamiento de la población de Petrogrado para acabar con el zarismo. Moscú, la segunda ciudad de Rusia en ese momento, se unió cuando el triunfo ya estaba asegurado y así fue también en el resto del país. No hay ninguna duda del carácter de clase de la revolución. Un economista liberal de la época, Tugan Baranovski, lo explicó con precisión:“No fueron las tropas, sino los obreros quienes iniciaron la insurrección; no los generales, sino los soldados quienes se personaron ante la Duma (parlamento ruso). Los soldados apoyaban a los obreros no porque obedecieran dócilmente las órdenes de sus oficiales, sino porque […] sentían el lazo que les unía a los obreros como una clase compuesta de trabajadores, como parte de ellos mismos. Los campesinos y los obreros: he ahí las dos clases sociales a cuyo cargo ha corrido la revolución rusa”.

 

En febrero de 1917 las mujeres iniciaron la revolución y, sin embargo, en la memoria ha quedado poco reconocimiento de sus hazañas. Ni siquiera entre los dirigentes de la revolución se recuerdan los nombres de Alexandra Kollontai o de Nadiezna Krupskaia, mujeres que ocuparon un puesto dirigente durante el proceso revolucionario o en el gobierno soviético. Las obreras de Petrogrado simbolizaron con su acción también una ruptura con su opresión específica como mujeres, y la revolución reconoció de inmediato que las grandes transformaciones sociales y políticas serían incompletas sin lograr la plena emancipación de las mujeres.

Desde febrero a octubre de 1917, participaron en el movimiento revolucionario y se organizaron autónomamente en la defensa de sus propias reivindicaciones. Sirva como ejemplo que en los días previos a la insurrección de octubre se reunió una conferencia de mujeres representantes de 50.000 trabajadoras de toda Rusia. Para las mujeres la victoria de la revolución era también el primer paso para su emancipación.

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*Para ampliar información: http://www.sinpermiso.info/textos/febrero-1917-las-mujeres-inician-la-revolucion.

http://uni-lliure.ourproject.org/wp-content/uploads/2011/10/La-Revolucion-Desconocida-Volin.pdf

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